El 18 de febrero de 2026, la Plataforma para la Construcción de Paz en México celebró su vigésimo tercer encuentro virtual con Jenny Pearce y Kristian Herbolzheimer como ponentes. El resultado fue un debate profundo sobre los conceptos, los retos y las prácticas que dan sentido a la construcción de paz en los territorios mexicanos hoy.
La sesión contó con dos voces de referencia internacionales. Kristian Herbolzheimer, director del Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP) y experto en procesos de paz en Filipinas, en el País Vasco y en Colombia, ofreció un marco de tendencias globales. Jenny Pearce, politóloga y profesora visitante en el International Inequalities Institute de la London School of Economics, lo complementó con una mirada centrada en las realidades de México y en cómo los territorios pueden ser el punto de partida para redefinir la paz.
Un contexto global que incomoda
Kristian abrió la sesión con una pregunta que lleva décadas sin una respuesta sencilla: ¿es posible un futuro sin guerra? Con el apoyo del mapa de conflictos de Uppsala, describió el momento actual como el de mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial, con África como epicentro pero con América Latina apareciendo, engañosamente, como región pacífica, una etiqueta que ignora las tasas de homicidio y la violencia criminal que México padece.
Identificó tres etapas en la evolución de los conflictos desde 1945: el periodo de la Guerra Fría, marcado por guerras de independencia y descolonización; las dos décadas de optimismo de la llamada «paz liberal» tras el fin de la Guerra Fría; y el ciclo actual, en el que los conflictos han vuelto a escalar, con récords de desplazamiento y refugio, y la lógica del más fuerte ganando terreno en la política internacional.
“Más armamento no trae más paz. La paz liberal fue insuficiente y excluyente, con poca participación de mujeres y de pueblos indígenas, pero hoy muchas personas miran con nostalgia ese marco porque lo que avanza con más fuerza son las salidas violentas”, explicó.
Frente a este escenario, Kristian propuso cuatro tareas para sostener el trabajo de construcción de paz incluso en ambientes hostiles: superar los marcos mentales binarios (los pares «guerra/paz» o «buenos/malos») adoptando cartografías que reconozcan múltiples actores y temporalidades; repensar la seguridad desde un diseño humano, feminista y compartido; detener la desinversión en paz sin caer en la dicotomía de rechazar toda inversión militar; y cultivar la esperanza del cambio como método.
¿Quién define la paz?
Jenny situó el debate en el corazón del problema: en un mundo en el que Trump declaró que «la paz es fuerza», la paz se redefine como dominación. Frente a eso, planteó una pregunta urgente: ¿cómo pueden definir la paz quienes sufren violencia, desigualdad, economías ilícitas y el cambio climático?
Recuperando reflexiones del IV Encuentro Presencial de la Plataforma, celebrado en Chiapas en 2025, recordó que las comunidades indígenas habían rechazado la idea oficial de que «había llegado la paz» mediante acuerdos con grupos criminales. Esas comunidades quizás no tenían una palabra exacta en su lengua para nombrarla, pero sí un concepto vivido de la paz, mientras que muchas organizaciones cuentan con la palabra pero han vaciado el concepto.
Violencia crónica, emociones y masculinidades
Jenny subrayó que los marcos clásicos de paz negativa y positiva no alcanzan para México porque la trama criminal y social local supera la lógica de los conflictos entre o dentro de los Estados. Pensar en México como «en guerra» conlleva más riesgos que ventajas: legitima la militarización, estrecha el campo de alternativas y no capta la violencia crónica que se reproduce intergeneracionalmente en todos los espacios de socialización.
Propuso una «ilustración emocional» para reconocer el miedo, la rabia y el dolor, entender el equilibrio entre razón y emoción, y asumir que todos los cuerpos importan. Enlazó esto con las masculinidades: la mayoría de quienes matan y mueren son hombres jóvenes sin horizonte, lo que obliga a distinguir entre cúpulas criminales con lucro estructural y juventudes captadas sin alternativas, porque la intervención no puede ser la misma.
Del concepto a la práctica
El diálogo abierto con las participantes enriqueció la discusión. Se cuestionó cómo construir narrativas que hagan de la paz una acción cotidiana más allá del ámbito gubernamental, cómo dignificar el concepto ante personas en situación de violencia y cómo conectar los distintos paradigmas con los territorios.
Kristian propuso que, cuando las palabras «paz» o «democracia» se desgastan, conviene hablar de respeto y dignidad, términos que sí conectan. También recordó que lo impensable se normaliza rápido: la desmovilización de las FARC en Colombia fue considerada imposible hasta que ocurrió, y al día siguiente ya se pedía más. La pregunta para México es: ¿qué parece impensable hoy pero hay que lograr? La respuesta: la reducción de las violencias, sin renunciar a la justicia.
Pietro Ameglio subrayó la importancia de una «gimnasia cotidiana» de resistencia noviolenta: pequeñas desobediencias a órdenes deshumanizantes en la casa, la escuela o el trabajo, siempre con coherencia entre fines y medios.
La sesión dejó abierto un ciclo de reflexión que la Plataforma desarrollará a lo largo de 2026, orientado no a unificar conceptos sino a construir identidad, movimientos y articulaciones comunes. La invitación es a identificar las paces que ya se practican en los territorios, hacerlas visibles y construir, desde ellas, una mirada compartida.
